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La sociedad digital ante un nuevo desafío: compartir todos sus datos por el bien común

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Autor | Jaime RamosHasta hace apenas un año, ¿a quién podría importar que hubiéramos cazado un resfriado? Este interés por la salud personal del individuo ha cambiado a niveles insospechados. La detección temprana de los síntomas de la COVID-19 y el control de quienes los manifiestan se ha convertido en una herramienta fundamental para impedir los contagios.Ahora bien, la urgencia en la aplicación de estos métodos ha pillado desprevenidos a todos, juristas incluidos. Algunas tecnologías, como las fundamentadas en Big Data, han irrumpido en la escena para registrar por el bien común hasta la manera de toser aplicada grandes grupos. De esto, se ha derivado una consecuencia irremediable: la publicidad y la gestión de una información compartida que hasta hace no tanto eran privada.

Aplicaciones para detectar síntomas de COVID-19

La tecnología hace más sencillo que nunca obtener este tipo de información. La creciente popularidad de los oxímetros de pulso constituye un buen ejemplo. Se trata de un dispositivo del tamaño de una caja de cerillas que mide la cantidad de oxígeno en sangre. En concreto, descubre la concentración de hemoglobina en la oxihemoglobina. Para ello se vale de un sistema LED con dos halos de luz con longitudes de onda de 660 y 940 nanómetros.¿Qué hay de relevante en estos datos? Pues que resulta muy útil como detector de problemas pulmonares y, por tanto, COVID-19. El intervalo de concentración de oxígeno en el que se podría descartar la enfermedad equivaldría a más del 95%. Si a esto le unimos que su precio no es demasiado elevado (desde 15 a 60 euros), encontramos un motivo de peso que explica su reciente proliferación.Otras tecnologías popularizadas y perfeccionadas a raíz de la pandemia son las relacionadas con la temperatura corporal. Es decir, aquellas capaces de determinar en remoto la fiebre. Por ejemplo, la multinacional británica Mitie ha lanzado durante la pandemia un nuevo sistema de escaneo a distancia con un margen de error de 0,3 ºC. Una solución que se ve, cada vez más, en espacios públicos y que alerta si alguna persona supera ciertos valores.Si pudiéramos combinar ambas tecnologías y procesar la información contejada, seríamos capaces de adelantarnos a posibles brotes mucho antes de que se asentaran. Y con un coste económico muy inferior al de las medidas sanitarias para poner freno a una pandemia.

La digitalización de la sanidad

Estas soluciones captan información, sin embargo, algunos países han aprovechado la pandemia para ir un paso más allá con aplicaciones centradas, no solo en los síntomas, sino en la movilidad. Estas consiguen no solo controlar el territorio, sino a los individuales.China o Corea han empleado apps de geolocalización, en las que se vuelcan además datos como el sexo y la edad. En el caso chino, su descarga es obligatoria. De este modo, las autoridades han podido controlar de forma única la movilidad de la población.En Occidente han existido más reticencias legales a la hora de poner al servicio de otros entes públicos o privados la información compartida. Con todo, han surgido otro tipo de apps, menos invasivas en la privacidad, impulsadas desde la esfera pública y la privada, como en el caso de la API de rastreo de Apple y Google que contó con el apoyo de 22 países "anónimos".

Límites y usos de la información compartida

La impresión es que estas tecnologías operan ya sin que el debate sobre la privacidad de la salud haya alcanzado su punto álgido. Los esfuerzos por detener la pandemia, la urgencia implícita, el interés común y las grandes ventajas que aportan a diferentes niveles lo han fomentado así.Sin embargo, la cuestión sobre cuáles han de ser los límites de la digitalización de la salud está lejos de ofrecer una solución sencilla. Resulta una incógnita sobre la protección de la intimidad que, tarde o temprano, tendremos que despejar.Imágenes | iStock/microgen, iStock/annamoskvina, iStock/Alessandro Vallainc

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